“Slow cities”. Por @marconegron

Por Marco Negrón. El Universal. Hace ya unos cuantos años, cuando los locales de fast food avanzaban con prepotencia hasta el corazón de sus ciudades históricas, la milenaria cultura italiana respondió reivindicando el slow food, la alimentación no como mera necesidad biológica sino como cultura y placer humano.

Paralelamente, la civilización moderna ha sufrido del síndrome de las fast cities, las ciudades pensadas exclusivamente para la rapidez de los desplazamientos, desde las autopistas hasta los trenes subterráneos. Las utopías urbanas contemporáneas, de la Ville Radieuse a Broadacre City, se estructuraron en torno a la velocidad; Caracas fue una víctima destacada de ese síndrome, al extremo que su identidad se disputa entre el Ávila y las autopistas. El lamentable resultado han sido urbes quizá funcionales, como el fast food, pero finalmente tristes, sin alma, escasamente compatibles con lo que en definitiva es la esencia de la ciudad: la capacidad de generar nuevas ideas y valores, de renovar constantemente la cultura.

La moderna es una ciudad a varias velocidades, y si sus actuales dimensiones son consecuencia de las altas velocidades permitidas por el avance tecnológico, éstas sólo valen para los desplazamientos a larga distancia. Quien se desplaza de la estación del Metro a su trabajo va a otra velocidad, la del peatón, que es la decisiva para hacer ciudad: la que permite los encuentros fortuitos, el disfrute del paisaje, incluso la reflexión pausada. Para ello ese recorrido ha de ser no sólo seguro sino animado, pleno de vida.

En un libro extraordinario Ítalo Calvino ilustra así la rapidez:

“Entre las muchas virtudes de Chuang-Tzu estaba la habilidad para el dibujo. El rey le pidió dibujar un cangrejo. Chuang-Tzu le dijo que necesitaba cinco años de tiempo y una villa con doce sirvientes. Después de cinco años todavía no había empezado el dibujo. ‘Necesito otros cinco años’, dijo Chuang-Tzu. El rey se los concedió. Cumplidos los diez años, Chuang-Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el más perfecto cangrejo que jamás se hubiera visto”.

Uno de los dramas del urbanismo contemporáneo es su olvido de la ciudad lenta, la del peatón, la del paseante, pero también la de los niños y los ancianos. En la medida en la cual se la recupere, como en la parábola de Calvino, madurará la ciudad rápida.

Enlace original aquí.

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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