Astapovo

Por Miguel A. Martínez. [A dos años de haberse cumplido] 100 años desde que Tolstoi falleciera en la solitaria estación ferroviaria de Astapovo, donde cayó enfermo mientras huía, con ochenta y pico años a rastras, de su pasado, de su familia, de la fama, de las comodidades, de las constantes contradicciones que atormentaban su espíritu. Después de una larga vida, vivida con salud y con gran intensidad; luego de una profunda evolución espiritual, así como de una notable trayectoria vital en la cual brilló de todas las maneras posibles, el viejo Tolstoi todavía sentía aún, con fuerza indeclinable, la necesidad de ir en pos de la verdad.

Pocas biografías me parecen tan profundas y atractivas como la del gran escritor ruso; pocas páginas han impactado en mi conciencia con la fuerza expresiva de este autor, razón por la cual me siento motivado a dedicarle algunas líneas por estas fechas. Sin embargo, decir algo nuevo sobre Liev Nicoláievich, conde de Tolstoi, es verdaderamente difícil. Se le ha estudiado hasta la saciedad; se han escrito sobre él ríos de tinta; se le retrató en mil ocasiones; se le intentó entrevistar de mil maneras diferentes. Quizás, la manera más elegante referirse a su ingente vida y obra sea tratar de pronunciar algunas frases de admiración y gratitud.

En tal sentido, Isaiah Berlin logró describir como pocos el carácter esencial de Tolstoi, al caracterizarlo como un perspicaz “zorro” que, no obstante, se afanaba infructuosamente en ser un “erizo”. Berlin se refería de esto modo al carácter propio de un escéptico innato, que presentía y captaba con inigualable talento la naturaleza multifacética, imperfecta y relativa de la condición humana, pero que, a pesar de ello, se afanaba por encontrar una fe, por dar con una verdad suprema, por encontrar la respuesta absoluta a todas las dudas del hombre sobre la tierra. En esa tensión, en esa insatisfacción, en la contradicción que se producía entre el escritor supremo y el místico frustrado, radicaba la fuerza creativa y vital del gran Tolstoi.

Esta caracterización se encuentra repetida en casi todas las biografías y estudios sobre el autor de “Guerra y Paz” y “Ana Karenina”. Poco sentido tendría persistir en ello. Por mi parte, me limitaré a ratificar desde mi propia experiencia que, al entrar en contacto con la obra del gran ruso, y mientras se vive en compañía de sus personajes, resulta prácticamente imposible no reconocer tanto la inigualable belleza de lo simple, como el encanto, efímero y torpe, de todo lo humano. Tolstoi siembra además la duda en torno a la capacidad de la razón (en su sentido más instrumental) para captar el significado más profundo de la vida. La serena y vívida narración de Tolstoi confronta al lector con su propia conciencia, obligándole a reconocer la fatuidad de toda grandilocuencia y el enorme vacío que subyace bajo las grandes pretensiones.

Su obra es, en definitiva, un producto magistral (y un alegato a favor) de las virtudes de la contemplación, la moderación y la compasión. Tal es la enseñanza que el propio Tolstoi asimila luego de una profunda crisis existencial. Su biografía nos propone viajar a pie por esta vida, sin prisas, escuchando con atención y hablando lo justo, con los ojos bien abiertos y muy ligeros de equipaje. Un estilo de vida que, sin embargo, el gran aristócrata ruso no fue capaz de asumir a plenitud, hasta sus últimos días.

Enlace original aquí.

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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