Cultura de debate e interpelaciones: ¿es de calidad nuestra democracia?

Por Xavier Rodríguez Franco. La nueva legislatura que comenzó el pasado 05 de enero, tiene en su composición un conjunto de elementos novedosos dentro de la cotidianidad política de nuestro país. Elementos adicionales a la presencia del bloque parlamentario de la oposición, que merecen un ejercicio de reflexión. Tal es el caso de la presencia y retorno del “debate” en el discurso político venezolano. Si algún rasgo sociológico fundacional pudiéramos destacar cuando hablamos de debate, es su necesario carácter público, su aspecto más visible frente a la sociedad, con lo cual recrear el escrutinio de las ideas y los argumentos: el debate como fundamento social de la democracia. Sin embargo, todo debate debe conducirse por medio de unas reglas mínimas, unas condiciones de equilibrio y además una actitud de entrada de consideración y respeto. Dicho esto nos preguntamos ¿estamos habituados a debatir en nuestra cultura política? ¿entendemos las recientes interpelaciones del gabinete de ministros como parte de un debate?

¿Qué implica debatir?

Desde una perspectiva “minimalista”, todo debate plantea una interactividad de ideas orientadas al escrutinio público, a un ejercicio racional/argumental a través del cual se presentan visiones diferentes de un tema. En consecuencia, un debate implica integrantes, un moderador, un secretario y un público/audiencia que participa. De tal modo, el equilibrio en las condiciones comunicacionales, la igualdad de oportunidades y el reconocimiento respetuoso del otro deberían estar garantizadas. No necesariamente se aportan soluciones a las problemáticas examinadas en los debates, sólo se exponen argumentos, posiciones, interpretaciones el público tiene la última palabra.

Podríamos decir que la cultura del debate es característica propia de la cultura democrática, en especial de los patrones comunicacionales occidentales de las últimas décadas, donde presentar discrepancias, confrontar argumentos y presentar interpretaciones alternativas es habitual, y no necesariamente una circunstancia pugnaz o de absolutos antagonismos. Con el advenimiento de la web 2.0 en nuestra cotidianidad, las dimensiones del debate se ha multiplicado exponencialmente, especialmente mediante los foros de internet y las redes sociales. Circunstancia que en nuestro país ha tenido una especial acogida, cada vez menos “virtual” en términos de opinión pública.

En Venezuela, ¿sabemos debatir?

Ahora bien, en la Venezuela actual vemos cómo la reciente dinámica interpelatoria, que a tenor del verbo constitucional, es parte de las actividades principales del control parlamentario, pasa a ser desde sus inicios parte de una estéril controversia de que si se debe llamar “comparecencias”, “invitaciones presidenciales”, “interpelaciones”, etcétera . Sin embargo, lo verdaderamente relevante reside en examinar las condiciones de ese “debate” si es que éste fuera el caso.

Véase la nota “simplemente se llaman interpelaciones

En primer lugar, vemos con preocupación un claro desbalance en la gestión del tiempo, ya que este es controlado rigurosamente para formular las preguntas de las fracciones parlamentarias, pero es ilimitado para las respuestas que tiene el interpelado(a). Si bien, los diputados deben conducirse con disciplina y consideración al tiempo, lo mismo debería ocurrir con la exposición de cada ministro(a). Esta circunstancia además de alargar al borde de las capacidades físicas cada sesión, promueve la dispersión, el abusivo uso de la oratoria y en suma, el hastío del público. Una respuesta concisa y documentada, es expresión de capacidad ejecutiva, precísamente lo que la ciudadanía espera en la resolución de sus problemas y en la fácil comprensión de las actividades que desarrollan sus ministros. La capacidad de sintetizar lo relevante de la actividad ministerial y disminuir el reiterativo exhibicionismo doctrinario, es la más importante expresión de respeto al tiempo y al interés que todo ciudadano merece.

En segundo lugar, está la grandilocuencia estridente de cada diputado. En en cada intervención vemos un denodado esfuerzo de demostración pública de fidelidad partidista, de lealtad militante, antes que un ejercicio interpretativo de conciencia de cada diputado, en el que eventualmente pueda asentir con ciertos aspectos de la exposición del otro. La consigna pareciera “negarlo todo”, “no reconocer responsabilidades” y -si se presenta la ocasión- “humillar al otro con algo oscuro de su pasado”. A grito pelao’ es difícil la comunicación efectiva y es imposible el tan enunciado “debate de altura”. Es injustificable que pasen las sesiones, los meses y las oportunidades propias del trabajo parlamentario en las Comisiones Permanentes, y los “representantes del pueblo” no sean capaces de superar sus diferencias, egos y prepotencias, en función de la resolución conjunta que el país necesita imperiosamente.

En tercer lugar, si bien es muy positivo que el Poder Legislativo venezolano, a diferencia de muchos parlamentos de la región latinoamericana, tenga un canal de televisión temático dedicado al desempeño parlamentario, resulta muy negativo la persistencia de una evidente desproporcionalidad -políticamente intencionada- en la transmisión de la dinámica interpelatoria y en el resto de las sesiones parlamentarias. En efecto, seguir cada sesión desde el ángulo exclusivo que tiene ANTV, implica resaltar las imposturas de la oposición en el preciso momento que estos se levantan de sus curules, utilizan sus teléfonos móviles o sencillamente se ausentan -por las razones que sean- de su lugar. De igual manera, resulta difícil para el observador más imparcial poder comprender por qué, para la exposición de los ministros o de los diputados de la fracción parlamentaria mayoritaria, el canal de la AN puede transmitir con toda nitidez los gráficos y demás recursos documentales que acompañan sus intervenciones; y para los diputados opositores sea tan difícil poder proyectar esos mismos gráficos en igualdad de condiciones.

Esta situación, lejos de facilitarle al ciudadano una comprensión imparcial del fenómeno político parlamentario, así como el ejercicio libre de la contraloría social, potencia la pugnacidad, la polarización, la desconfianza y la evitable suspicacia sobre el sesgo partidista de este canal. Lo cual lamentablemente empaña el legítimo esfuerzo diario de profesionales venezolanos de la comunicación, que con su trabajo aspiran darle valor a una iniciativa comunicacional, que en el concepto -aunque no en la práctica- resulta muy positiva para fortalecer la cultura legislativa en el país.

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La exclusividad comunicacional de este canal institucional, resulta injustificable si consideramos que toda sociedad democrática tiene el legítimo derecho de informarse sobre lo que ocurre en el órgano deliberativo más importante del país, en el marco de la pluralidad que lo compone. Este derecho fundamentado en la Constitución y las leyes venezolanas, no puede ni debe ser restringido por un reglamento de interior y debate (artículo 56 y 66  de la reforma_reglamento interno AN), mucho menos si tomamos en cuenta que fue promulgado por una legislatura saliente (22/12/2010). No basta con que la transmisión de la sesión parlamentaria sea encadenada, para garantizar la “democratización” en la cobertura informativa de la fuente legislativa, pues esto no garantiza la natural diversidad de enfoques que tiene toda realidad social y política. En la inmensa mayoría de los países democráticos, especialmente en los parlamentos latinoamericanos, la fuente legislativa es cubierta y transmitida por canales privados y públicos, así como nacionales e internacionales, sin que esto suponga una afrenta a la estabilidad de las instituciones.

La cultura de debate: fundamento social de la democracia

Estos rasgos de desbalance institucional anteriormente expuestos, ponen de manifiesto la precaria cultura de debate que existe en el manejo comunicacional de la política y de los asuntos públicos en nuestro país. Circunstancia que no es exclusivamente achacable a los medios de comunicación públicos, sino también a los privados. Los programas de opinión -salvo honrosas aunque minoritarias excepciones- son la más viva expresión de la polarización y el posicionamiento repetitivo, alienante y doctrinario de una u otra postura interpretativa sobre lo público. El libre ejercicio argumental de cada individuo, en el marco de sus diversidades y en atención al diálogo abierto, está presente sólo en el discurso y no en la práctica comunicacional. Y en esta incomunicación políticamente intencionada, se inscribe la actual dinámica parlamentaria: un estéril diálogo en la Torre de Babel, donde ninguno asiente, ninguno reconoce. Al final de cada larga jornada, el país presencia en vivo cómo un sistema político, a través de sus instituciones, sus leyes y sus medios, no es capaz de garantizar la necesaria construcción conjunta de la política, ni de resguardar la salud de su democracia.

El desconocimiento mutuo, la desconsideración de la exposiciones alternativas y el irrespeto a la alteridad, son prácticas cotidianas que afectan directamente la calidad de la democracia y fortalecen solo a las posiciones más radicales e intransigentes. Ante tal reducción sistemática de explicaciones sobre la realidad y ante la permanencia de tales niveles de hostilidad, la ciudadanía antes de prender la televisión a ver la sesión de hoy, se debate entre acostumbrarse a escuchar solo a los “suyos” o simplemente preferir apagar el televisor y hacer algo posiblemente más constructivo con su tiempo.

Publicado el 22/02/2011 en Entorno Parlamentario.

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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