¿La ciberciudadanía y el activismo digital, es tan poderoso como los pintan?

El año que recién culminó (2010) tuvo dentro de sus episodios más destacados las fuertes protestas contra los resultados electorales en Irán. Casi un año después, masivas movilizaciones callejeras en un país del que muy pocos conocen noticias como Túnez, consiguen derrocar un gobierno tras 24 largos años en el poder. Estos episodios, aunado con otros incidentes en el mundo, si bien han tenido implicaciones, actores, desenlaces y procedimientos sensiblemente distintos, los medios de comunicación occidentales no han vacilado en poner como denominador común, un carácter “desencadenante” de las redes sociales en estos episodios. ¿Pero en realidad esta “cyber-subjetividad” es tan desequilibrante? ¿conmocionan a tal punto las estructuras socioculturales más tradicionalistas? ¿llegan a ser tan políticamente decisivas?

El ciberactivismo, la ciudadanía 2.0, el periodismo digital y ese empuje democratizador que tiene el manejo libre del internet como instrumento de empoderamiento ciudadano, comienza a ser temas de agenda pública para ciudadanos, organizaciones, empresas y Estados. Ciertamente, existen un conjunto de herramientas digitales, muy constructivas para revalorizar la intersubjetividad ciudadana, circunstancia que puede tener connotaciones globales y que incluso pudiera llegar a trastocar el sustrato normativo del individuo en el seno de cada sociedad. El ciberactivismo puede posicionar ciertos contenidos de opinión pública y la emergencia del carácter espontáneo de la acción colectiva, en la que la tecnología y las relaciones en red alteran la división habitual entre movilizadores y movilizados, haciendo de la estructura social de la protesta un archipiélago de locus de control, sin líderes “encasillables”, sin centro o “cabezilla” que decapitar.

De hecho, no son pocos los estudios y enconados debates sobre este campo novedoso de las ciencias sociales y en particular la sociología política. Sin embargo, revisando el caso de la situación que derroca el gobierno de Zine El Abidine Ben Ali (Véase: reporte de Nadia Marzouki) vamos descubriendo cierta exageración comunicacional sobre el activismo digital. En general, también se suele sobredimensionar sus implicaciones políticas, dándoles un carácter aglutinador de opinión pública, incluso en países cuya estructura cultural responde a códigos, menos susceptibles a los medios que en occidente dictan el andamiaje temático sobre lo público.

En algunos casos, especialmente en algunos informes sobre la crisis política en Túnez, el asunto terminó siendo empapado por cierto “snobismo” tecnológico, que ciertamente distorsiona el potencial político que tiene el internet en general y las redes sociales en particular. No han sido pocos quienes han difundido la creencia que por medio de un activismo digital sostenido, puede llegarse a tumbar dictaduras (Irán, Yemen, Jordania, Siria o Túnez), ganar elecciones (Obama, Mockus) e incluso prevenir crisis humanitarias (Haití). Lo cual desdibuja el marco de fortalecimiento ciudadano, que las nuevas tecnologías pueden llegar a ofrecer efectivamente.

Hay un efecto social que se despierta a la par de toda esta mitología digital que construye también la versión “pop”  de la cultura electrónica, y que también comienza a verse de manera concreta en nuestras sociedades occidentales: el ciudadano comienza a delegar -muy subrepticiamente- en una conexión a internet, toda su capacidad conflictiva, todo su imaginario ciudadano, todo su ingenio propositivo sobre lo público y todo su potencial político. Con lo cual, pudiéramos encontrarnos con ciudadanos con un importante acceso a la información, pero con una indisposición crónica a la movilización de calle, una suerte de activismo atrofiado o una novedosa forma de ciudadanía disfuncional. No basta con un clic “me gusta”, sino se mantiene la disposición de exponerse a decirlo directamente al aparato represivo que sea.

Es por ello que resulta conveniente ponderar en su justa medida, el potencial transformador de esta “desobediencia civil electrónica”. Lo que enciende la protesta no es el internet, sino la publicidad de la protesta, el escarnio público, el escrutinio sobre la autoridad, este es el verdadero disparador. En consecuencia twitter o Facebook no hace la revolución, la hace la gente dispuesta a morir por su opinión.

Varios ejemplos: una caricatura de Mahoma en el 2006 no despierta la cólera en el mundo islámico, es su publicación y proliferación por internet el disparador. En el 2009 un tweet de la joven Natalia Morar desencadenó la gran protesta contra el gobierno comunista moldavo. Ese mismo año, la foto de Neda (en realidad una imagen congelada de un vídeo colgado en YpuTube, pronto prohibido) sirvió de símbolo de protesta en la revuelta contra los Ayatolas iraníes. En fin, ni la cocina hace al cocinero ni las AK-47 hacen al guerrillero.

Esta situación pudiera tener especial repercusión en países latinoamericanos, en los cuales según recientes estudios como el Informe sobre gobernabilidad y convivencia democrática en América Latina. De la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) la ciudadanía rinde mayor credibilidad a los medios de comunicación (incluyendo a los medios electrónicos) que lo que alcanzan a reportar sus respectivos gobiernos. En efecto, no son pocos en Venezuela los que aseguran que con un “me gusta”, “un retweet”, “unirse a la causa en Facebook” o firmar una petición online contra un mal gobernante, ya cumplen cabalmente con su responsabilidad de buen ciudadano. Y es aquí donde la sobre-estima del internet, pudiera tener un efecto no deseado para la democratización de la sociedad. Ciertamente, es más cómodo escribir desde casa acompañado de una humeante tasa de café, a tener que estar detrás de un megáfono inhalando gas lacrimógeno, o reuniendo firmas esquivando los rigores de la calle. Es por ello conveniente recordar que es precisamente en nuestras casas, el lugar que prefiere que mantenga la ciudadanía, los animadores del mal gobierno cuando sus promesas pierden poder de convencimiento.

Notas de prensa altamente recomendadas para el debate:

Artículo actualizado y publicado en el portal de Ciudadanía 2.0

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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