¿Es WikiLeaks el espejo donde no nos queremos mirar?

Hace poco tiempo atrás, intensas protestas en diferentes lugares del mundo feligreses islámicos manifestaban su indignación por la ocurrencia de un caricaturista danés de retratar a Mahoma. Era noticia alrededor del mundo. Para muchos, resultaba una incomprensible  reactividad en algo tan “natural” como el papel de una viñeta en el marco de la libertad de opinión de un periódico. “Occidente” en aquel entonces parecía algo más definido. En este episodio no faltaba quien levantara las bandera de las “open societies” y de la libertad de expresión casi en calidad de dogma de fe. Pero especial referencia merece, que es este episodio promovió la convicción de que el sostén socio-cultural de las democracias radicaba en el concepto más omnipresente en los textos de ciencia política de los últimos 10 años: “the accountability” (rendición de cuentas). Ahora bien, poco tiempo después estalla en la opinión pública -más no en el mundo diplomático- el tema Wikileaks.

Este sitio de inernet ejemplifica el deseo de que mayor transparencia, puede llegar a promover un mundo “más sano” (tal como lo refleja el mismo logo de WikiLeaks) en sus manejos políticos internacionales. Ciertamente, como muchas otras cosas en el mundo -y más aún en el internet- son producto de grandes utopías colectivas y colaborativas, para algunos mal-llamadas “virtuales”. Y esta es una más de ellas.

Julian Assange, Presidente de WikiLeaks.

Pero más allá de la veracidad, nimiedad o falsedad del contingente informativo puesto en el dominio público recientemente, el desarrollo de los acontecimientos deja ver las persistentes antinomias de la “sociedad abierta” y sus efímeros precursores. Lo habitual en la historia contemporánea: gritamos a todo gañote democracia, y cuándo entendemos que es lenta, que hay que negociar, que es cara y que sobretodo por más “participacionitis” de la que se hable se necesita delegar, entonces los gritos pasan a murmullos.

Tratando de ir más allá de los ríos de tinta, la cantidad de los lectores de los cables, los millares de artículos de opinión como este, etcétera las masivas publicaciones diplomáticas hechas por este sitio constituye una situación que pone a prueba todo este  instrumental teórico, doctrinario y hasta dogmático sobre la transparencia, la libertad de expresión y sobretodo el respeto a la opinión. Conceptos que pudieran resultar insostenibles en el ejercicio de la beligerancia internacional, algo nada nuevo para muchos analistas políticos pero que pudiera resultar desalentador a la opinión pública más creyente en el famoso “triunfo de occidente”.

Cabe destacar que no es delito publicar una información de interés público, lo que si lo es que un funcionario lo suministre de forma ilegal. El mensajero y no el mensaje o el medio, es sujeto de derecho. Aún así las “filtraciones” de acuerdo a diferentes instrumentos legales nacionales e internacionales, son un flagrante delito a la privacidad de las comunicaciones oficiales. Pero la pregunta a formular sería, de ¿qué manera pudiera cuestionarse la voluntad por la eliminación de los “arcana imperii” (secretos de Estado) especialmente en momentos donde las ciudadanías están cada vez más preocupados por los manejos de sus “políticas exteriores”? Este es uno  de muchos dilemas que plantea el caso WikiLeaks y su presidente Assange, quien por soberbia más que por justicia es torpemente convertido en un “popstar”.

¿Contraloría social en la política exterior? ¿la política exterior o la de defensa deben tener un trato especial en términos de escrutinio público? Los acontecimientos nos evidencian que estos asuntos no lucen medianamente sostenibles ni para los países más neutrales. No me imagino a Israel saliendo a transparentar su presupuesto de defensa, a Suiza mostrando los balances bancarios de sus depositantes o a China publicando las facturas de los lotes de terreno que compra en África o América Latina. En consecuencia, otra cuestión: ¿es la proliferación de la cultura WikiLeaks o el reforzamiento de los secretos de Estado, el verdadero enemigo de las sociedades abiertas?

Para muchos la respuesta consiste en el simplismo de pensar que WikiLeaks es una “amenaza superable” a la profesión de la diplomacia, y que este incidente forma parte del anecdotario de la cultura pop y de la moda pasajera de la comunicación 2.0  en internet. Y en el fondo muestran todo su estupor por esa cara tan agrietada de la política internacional. Este es el tipo de tótem religioso -que como lo hiciera el mundo islámico hace muy poco- muchos occidentales no queremos verle de frente el rostro. El debate en la ética internacional seguirá abierto y será mucho más profundo, en términos de una cada vez más acentuada fragmentación del poder internacional. Por tanto, la publicación masiva de los 250.000 cables diplomáticos referidos a la política exterior de los Estados Unidos de América, tienen una clara intencionalidad de política internacional que también hay que saber mirar, y que más allá de los tradicional-profesionales cánones en los códigos diplomáticos, WikiLeaks es una expresión enmarcada dentro de los nuevos códigos de la ciudadanía del siglo XXI, del llamado ciberactivismo global, un espejo al cual muchos no les gusta dar la cara.

  • Nota publicada también en Diploos (Centro de análisis de la política exterior venezolana)

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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