El triunfo del Gattusismo (el canto fúnebre al fútbol): Mundial Alemania 2006.

Por Xavier Rodríguez Franco.

Empezamos como siempre, tensos, ritualistas, ansiosos, concentrados y a veces despreocupados de todos los demás puntos de la agenda por completar. Es una final de la Copa del Mundo, cuatro años condensados en 90 minutos (que quizá puedan ser más, aunque cause pavor solo imaginarlo). Pasé atrás, roces de dedos por el césped, alentadores “allez ” y “dai dai”  y una vez más se abre fugazmente la mirada al horizonte del planeta expectante. Y así rueda el balón y al margen de lo que se plasme en la idea, él no se detiene…Lo que creo del fútbol

Esta noche pienso largamente en el fútbol y el deleite de sus simples detalles: por las bandas surcan 1, 2 y 3 pinceladas de alegría. Unos sin camisa, otros sin compromisos convincentes con el futuro. Solo es el instante del pasé al vacío el que ocupa la atención. De profundidad es puesta a rodar, para pezcar el arte de algún irreverente movimiento, hasta que un regate paraliza el impiadoso paso del tiempo. Títeres del ingenio humano, de la sangre y el sudor, danzan a un lado y el alquimista “cara sucia” desborda por el centro. Como si no conocieran las hirientes fronteras humanas, y como el viento cruza el área rival. Los adversarios, son átomos anónimos para el mismo balón. Todos miembros de una misma clase social… jugadores al fin y al cabo. Todos desafiando el dinamismo social, con la magia que se desprende del baile de sus píes. Luego de que es desenlazada toda la locura creadora, queda compuesto el boceto de la obra maestra, se desencadena el virtuoso grito de libertad… GOOOOOL!

Hoy Italia ganó en la rueda de penaltis y Cannavaro levantó la Copa del Mundo 2006. Quedará grabado en el historial del torneo, en la tapa de los diarios, en los afiches de miles de talleres mecánicos y seguramente en el Almanaque Mundial 2007. Se celebrará con entusiasmo en las calles de las ciudades italianas, incluso por estos lares tropicales. Con toda seguridad se hablará de los héroes de Berlín y los oportunistas se apuntarán al resultado a gritar consignas improvisadas. Pero que nadie hable de fútbol, ya que para Italia esa expresión mágica de humanidad no fue necesaria para ganar un mundial. Fue un equipo pequeñito, destinado al recuerdo de periodistas y al olvido del fútbol genuino. La azzurra nunca dejó su concepto, su identidad y admitió su enorme inferioridad ante la poderosa Francia que emergió en el segundo tiempo como lo hiciera en los grandes partidos de esta irrepetible generación, dirigida por el mejor Zidane de los últimos años. Por el gran Zidane, en suma. Pero en su último partido, el astro francés -ejemplo futbolístico de miles- no salió de Berlín como un héroe. Sus incuestionables y memorables méritos fueron destruidos por su injustificable agresión a Materazzi en los últimos instantes del partido, el carácter humano de su ángel futbolístico le traicionó. Lo más duro es que será lo último que se recordará de Zidane en un campo de juego. Que dolor tan irremediable para el alma del juego. Con el cabezaso de Zidane muere el fútbol magia, y se erige el fútbol de la intimidación, de la especulación, del que pide la hora, del que se refugia en el árbitro y del que juega solo para ganar (sin miramientos a los métodos) y no del que disfruta la grandeza del estar vivo para ir por el balón.

Las prioridades de italianos y franceses suelen relacionarse con el cumplimiento de las obligaciones defensivas, con atención al dibujo táctico de los vestuarios y la pizarrita acrílica, con el aprovechamiento de las fisuras rivales, con la presión, con las declaraciones a la prensa, todo lo que remita al esfuerzo sobrehumano. Por razones desconocidas, la Francia prefiere privilegiar ese modelo al brillante juego que desplegó en el segundo tiempo y en la prórroga, especialmente por un entrenador solitario, incomprensible con sus jugadores y reñido con todo lo parecido al fútbol ofensivo.

Gattusismo

Italia es más que nada el fútbol de Gattuso. Su figura cada vez es más importante para selecciones y clubes (el ejemplo de este modelo expansivo es el de Karagunis y la Grecia del 2004). El Mundial ha privilegiado al Gattusismo como paradigma, como eje del fútbol, y no la creatividad de los mediocampistas creativos. No es culpa de este centrocampista laborioso, inteligente fuera, abnegado y solidario dentro del campo. Gattuso es esencial porque los entrenadores no pueden vivir sin jugadores como él, un auténtico tirapatadas, con cara de centurión trasnochado, incapaz de un cariño al balón. El fútbol de hoy muere por los gattusos. Donde lo normal es Italia, campeona, una Brasil que vive para la publicidad , una Inglaterra que deja su fútbol solo en su liga, una España eterna debutante. Lo normal es la Francia del primer tiempo, conservadora con un solo atacante, siguiendo a un entrenador que está siempre fuera y lejos del campo. Lejos de proponer una vía que coloque a Henry o Zidane en las condiciones favorables para aprovechar sus grandes condiciones, se les obliga a desdoblar el carácter colectivo del equipo y a la proeza, al milagro individual con un esquema táctico que desconecta el mediocampo de la alegría del gol. Es una pena, porque Francia mejora mucho cuando su juego se establece alrededor de Zidane y Henry, cuando el equipo olvida a su entrenador y sigue al capitán de su equipo, cuando Ribéry actúa con anarquista precisión, cuando Vieira se dedica a repartir lecciones de asistencias y cuando se olvidan de quién es el rival de turno.

La magnífica Francia del segundo tiempo no tuvo la misma respuesta en Italia. Todo lo contrario. Italia agradeció el generoso despliegue francés para instalarse en lo más profundo de su pertinaz cultura defensiva, solo comprometida de destruir lo que con laboriosidad construían los franceses. Italia se siente cómoda en ese papel de resistente que tanto desgasta a sus adversarios. Italia, como siempre, especula perfectamente con esa vieja ley del fútbol. Es la razón por la que suele vencer en los últimos minutos, cuando al equipo que ataca le invade la fatiga, el desorden y el punto de desesperación que caracteriza a los generosos es colmado. Los especuladores no se impacientan jamás con una oferta mejor. Cuando Francia se salió de sus rígidos márgenes para jugar con clase y velocidad, no hubo rival.

El encuentro se escapó a lo previsto por los méritos de Francia. No ocurrió cuando se encontró con su temprano gol. Zidane convirtió el lanzamiento de penalti en una obra maestra, por lo que hizo y a quién se lo hizo. El porterazo fue engañado con elegancia, sangre fría y una dosis de desparpajo de Zidane… quizá el último vestigio de magia irreverente en el fútbol contemporáneo. Fue gol, aunque la pelota saliera del arco, como buscando agradecerle a quien la acarició. Lo malo de ese gol es que sacó la cautelosa alma de un equipo que puede jugar muy bien. En el segundo tiempo arrolló a Italia con un fútbol de altísimo registro colectivo. Italia jugó a una cosa muy curiosa: buscar tiros de esquina. Prefería llevar la pelota a una esquina y esperar la acostumbrada torpeza de Abidal que nunca entendió la intención. Concedió tres saques de esquina que estuvieron a punto de destruir a su equipo. Cada córner fue un drama para los franceses. De allí vino el gol italiano, Materazzi un defensa tuvo que salir de la defensa y enseñar a atacar a su inexistente línea de ataque. Algo dice de este equipo y del mundial en general cuando el goleador del equipo campeón es el defensor central.

La cultura del pelotazo

Italia comenzó el partido con la habitual producción de Materazzi. Lanzó cuatro vulgares pelotazos desde su campo en los diez primeros minutos. Todos sin destino claro: el pelotazo es todo lo contrario a la elaboración de fútbol. Sin embargo, ese pelotazo desgraciado que a veces practican las víctimas del miedo a la impostura, puede forzar la paciencia y consigo el error del dispositivo defensivo rival. Ese pelotazo que mantiene el entramado defensivo en su sitio. Si todos los equipos hicieran lo mismo que Italia, el fútbol sería un pésimo partido de tenis entre dos materazzis, al igual que pasó con Grecia en el 2004, un equipo campeón de quien nadie recuerda el nombre de sus delanteros. El hombre de casi 2 metros abandonó la catapulta porque Italia perdía y necesitaba algo más que pelotazos. Encontró la solución en Abidal y su absurdo interés en conceder saques de esquina. Empató Materazzi, que para cabecear es alguien, lo cual hizo que el partido al menos ganara en expectativas. Enfrente, Cannavaro volvió a confirmarse como el mejor defensa del Mundial, Zambrotta y Buffon cómplices hicieron lo propio. En eso, Italia también fue muy italiana, como siempre. El resto quedó reservado para un estupendo Gattuso. Pero un estupendo Gattuso significa lo que significa, una victoria en el mundo del fútbol industria. El mundo del fútbol negocio: la especulación con el resultado.

La despedida de Zizou

Resultó emocionante la majestuosa actuación de Zidane. Si bien su inaceptable agresión debe ser motivo de vergüenza, ciertamente demostró que su presencia en la cancha no fue para especular por los penaltis, sino para ganar su partido. El viejo maestro fue víctima de los descontrolados accesos de ira por evitar sucumbir a la presión del momento. Hasta su infame cabezazo al central italiano, Zidane había sido el héroe del encuentro, lo único destacable del vuelo de altura, del fútbol hecho arte. Parecía en la cima de su carrera, y no en la noche de su despedida. Comenzó a tirar pases aquí y allá, todos los que su equipo necesitaba. Unos de descarga, otros en corto, algunos profundos, todos inteligentes. Por delante, Henry amenazó en varias acciones al insuperable Cannavaro, que necesitó de todos sus recursos para sostener a la defensa italiana. Del ataque no hubo noticias. Ni de sus centrocampistas. Ni tan siquiera brilló Gattuso. Cuando Zidane decidió ser Zidane, Gattusso desapareció del mapa. A Italia, que estuvo varias veces al borde del gol de la derrota —Buffon hizo un milagro para desviar un cabezazo de Zidane, Ribéry no logró colocar la pelota en el rincón en un mano a mano con el portero— sólo le sirvió su versión más rácana y defensiva. Toda esa historia de los delanteros que entran para ganar el partido ya es un cuento. Entró toda la caballería de los Del Piero, Iaquinta y compañía pero no sirvió de nada… ya que no hubo magia sino cálculo puro… Italia no vio la pelota ni en el segundo tiempo, ni en la prórroga. Fue un gran monólogo de Francia. Sin embargo, la historia de los hombres que juegan a la pelota, este año se escribió por quienes pensaron en la gloria y no por quienes sintieron el juego. Espero con esperanzas cuatro años más para olvidar este bullicio fúnebre del fútbol grisáceo y celebrar la expectativa de retorno del fútbol creativo.

Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s